PEARL- reseña
La protagonista de la precuela del excelente X, una chica que vive en los primeros años del siglo pasado, encarna así este deseo casi absoluto de agarrarse al concepto mismo de fama y de reconocimiento universal de nuestro ego. Es, la fama, la que permite acceder a otro mundo, más allá de una realidad, la nuestra, en la que la frustración y el fracaso son parte íntima de lo normal. El deseo, entonces, no solo se manifiesta como algo al mismo tiempo único (querer escapar la realidad en la que ella vive) y amorfo (las diferentes caras de la que este deseo se viste), sino que, en su diálogo mudo con el contexto social de la película llega a demostrar aquel elemento de desfase que se instaura entre la representación del mundo a través de nuestras experiencias directas (lo que vivimos) e indirectas (lo que los otros viven).
Es
esta segunda parte, la de lo vivido por otros, que se carga silenciosamente de
un subtexto discursivo muy claro en el desarrollo de la película en tanto
elemento único y al mismo tiempo parte de una estructura más grande (en este
caso el mundo creado por el director, Ti West, con X). Se
trataría de un análisis del medio cinematográfico no solo en función del
contexto productivo (cómo se hace un filme, algo más claro en la precedente
película), sino también en la del mecanismo de deseo y de fruición
activa-pasiva que se instaura cuando abrimos los ojos ante la pantalla. El cine
sería por esta razón un lienzo sobre el cual poder proyectar una serie de
voluntades narrativas a través de las cuales dejar en un estado de libertad
aquellos sueños y aquellas pesadillas que escondemos detrás de nuestra máscara
social. Permite, en otras palabras, el cine abrirse paso en una red de
interrelaciones psicológicas sociales (¿biológicas?) que manifiestan la
inestabilidad de nuestros mismos egos. Vivimos como realidad lo que la cámara
nos depara y habitamos la piel de los personajes que vemos, un hipertexto,
este, de carácter más bien onírico.
La
experiencia final de esta película nos permite así tener una visión
multidimensional del objeto “cine”. El elemento de horror, ya presente en la
película precedente, no nace de una presencia transcendente, sino que, el de la
inmanencia de una realidad que nos oprime, se abre ante el reconocimiento de la
enfermedad mental y de la frustración de nuestros sueños. La sensación de
malestar y de una sexualidad frustrada nos ata a un discurso de desesperación que,
en el desarrollo del cuento, provoca la necesidad de una ruptura con lo
imaginario para así volver a formar parte de una realidad que nos ahoga y que,
por causa nuestra, muchas veces se manifiesta como pesadilla. Sin
embargo, Pearl no pone en marcha una simple voluntad de
juzgar el cine en tanto medio imperfecto, engañador (pero, al mismo tiempo,
inocente); bajando ruidosamente a las entrañas discursivas nos será necesario
reconocer que el diálogo es sobre todo una lectura de lo que, global y
mínimamente, puede ser a veces el ser humano.
La Pearl de Ti
West funciona perfectamente por sí misma pero adquiere una dimensión mucho más
profunda cuando se piensa en conjunto con lo que ya hemos visto y con lo que
está por venir.
Sin embargo, acudir a las salas de cine
esperando una segunda parte de X sería un error. Pearl es un ejercicio de estilo totalmente
diferente porque la historia que cuenta es distinta. Si la primera era un
slasher desenfrenado, esta es un profundo estudio de personajes.
Ti West está creando un universo que
combina un homenaje a los distintos géneros del terror, unos personajes
complejos y una tesis sobre la influencia del cine en la sociedad en distintas
épocas históricas. Un proyecto de gran ambición creativa que demuestra un
profundo amor al cine.
Calificación:4⭐ /5⭐
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